Siempre se ha dicho que una biblioteca en casa es como una despensa, un polvorín, un elemento esencial en caso de asedio. Sin embargo a la hora de hacer sus mochilas de emergencia de 72 horas pocos son los preparacionistas que hablan de incluir libros entre los mecheros y las pastillas potabilizadoras.
Construir una gran biblioteca pensando en la futura reconstrucción de la humanidad no es para los que escapan sino para los que de algún modo han decidido resistir, en un bunker, en un monasterio, en las cuevas de Qumran o en el rincón más insospechado. Para los que intuyen que esa vieja enciclopedia que nadie quiere ahora, será otra cosa el día que se vaya la luz.
Nadie sabe a ciencia cierta qué clase de desastres nos depara el futuro. Tal vez consistan no en un derrumbe sino en una decadencia paulatina e imparable. Es posible que la verdad de lo que será esté ya descrita en alguna novela distópica de ciencia ficción. ¿Serán los libros destruidos por el fuego como en Farenheit 451? ¿Habrá agentes dedicados a comprarlos y escanearlos todos antes de destruirlos? Esto ya ha comenzado a pasar, por cierto, con el argumento de alimentar a la insaciable IA.
Construyamos grandes bibliotecas, vayamos contracorriente, que cada familia tenga la suya, por lo que pueda pasar. Por si al final se demostrara que esta tendencia de delegar en las máquinas el hábito de pensar es lo que nos está quitando las ganas de vivir.
