24 de mayo de 2011

"Dios mío, que nunca me vuelva como ORANGE" (primera parte)

Llevo una temporada teniendo una experiencia surrealista-mística con la mastodóntica empresa de telefonía móvil de nombre comercial ORANGE. Cada minuto que me hacen dedicar a este asunto me siento como un piojo en el pelo de David que se enfrenta al primo-zumosol de Goliat. Y la conclusión principal a la que llego es esta pequeña jaculatoria: ¡Dios mío, que nunca me vuelva como ORANGE!

La cosa empezó hará un par de años cuando una comercial agresiva entró en la librería y me vino a plantear esta pregunta: ¿será Vd. tan idiota como para seguir pagando un dineral a movistar pudiendo tener un servicio telefónico fetén por una bagatela gracias a ORANGE? Mi respuesta a esa pregunta, si me fuera formulada ahora sería algo así: "Lo seré, bella mercenaria, prometo ser todo lo idiota que sea posible con tal de no volver a tener en mi vida trato alguno con esa patulea anaranjada". Es lo que tiene la experiencia de la vida, que te enseña bien enseñado lo que pagas en tus carnes (y en las pieles de tu cartera). Sin embargo en aquel momento, ante la sugerente invitación de la francotiradora naranja firmé un contrato y ahora me arrepiento. El paso del tiempo me fue mostrando dos cosas, que en la librería no había cobertura y que, paradójicamente, la factura del móvil apenas bajaba. Así pues un día de optimismo, cuando tenía el cacharro móvil un poco rayado y me daban ganas de llenarme la boca con las algarrobas de los cerdos que cuidaba, me dije: "volveré a Telefónica, pediré perdón, pasaré por el aro". Dicho y hecho, inicié los trámites, solicité la "migración" de las líneas y cambié de esta forma el dicho popular: "Más vale malo reconocido que malo conocido". 

Entonces sucedió algo que alteró la armonía del cosmos. El gigante naranja se dolió de mi abandono -no sabía que me quería tanto- y encontró que por un descuido no se si mío o de mi nuevo genio de la lámpara telefónica quedaba sin dar de baja y a mi nombre un número de módem portátil para internet que, por supuesto, yo tenía ya olvidado y sin uso. A partir de ese momento todo se me vuelve confuso en mi mente. Recuerdo decenas de conversaciones telefónicas con máquinas, con hombres-máquina y mujeres-máquina, recuerdo que dediqué bastante tiempo a ver cómo podría darme de baja de aquella atadura olvidada, recuerdo que envié dos cartas a un apartado de correos, con fotocopia del DNI y una solicitud expresa de baja...